3.  Leprosos

(Mc 1,40-45; Mt 8,1-4; Lc 5,12-16; 17,11-19)

  [©José Martorell Capó]

Aun cuando, en la sociedad judía, tanto los paralí­ticos como los ciegos eran «marginados», el prototipo de marginado era el leproso. En el Levítico se puede leer: «El afectado por la lepra llevará los vestidos rasgados y desgreñada la cabeza, se cubrirá hasta el bigote e irá gri­tando: ¡Impuro, impuro!» (Lev 13,45).

Había una ley de la lepra (Lev 14,35), según la cual el le­proso era un impuro, un marginado, no un enfermo. Los le­prosos tenían que ser echados fuera del campamento (Lev 5,3; Num 5,2), y, si eran curados, debían presentarse al sa­cerdote para ser admiti­dos en la «comunidad» (Lev 14,2), ya que los sacerdotes dictami­naban su impureza (Lev 13,2).

En el AT se habla de unos cuantos leprosos limpia­dos o puri­ficados: María (Num 12,10ss); Naamán el sirio (2Re 5,1ss, recor­dado en Lc 4,27); Ozías (2Cro 26,19; 2Re 15,5); cuatro leprosos (2Re 7,3), o la generalidad «lepra en la casa» (Lev 14,35).

En el NT se da la consigna a los discípulos de que pu­rifi­quen leprosos (Mt 10,8). Cuando se cita a Isaías (26,19ss; 29,18ss; 35,5ss; 61,1ss) para describir lo que sucederá el día del Mesías, se introduce (no figura en Isaías) la expre­sión «los leprosos quedan limpios» (Mt 11,5; Lc 7,22). También se habla de una comida en casa de Simón el Leproso (Mc 14,3; Mt 26,6) y que Lucas (7,30-50) traduce por Simón el Fariseo. No obs­tante, es chocante, ya que los leprosos vivían fuera de la ciudad sin contacto con nadie para no contaminar. Sobre el parti­cular, hay que decir que en hebreo Simón ha-Zarua (leproso) y Simón ha-Zanua (piadoso) se diferencian sólo en una letra, siendo posi­ble que el traductor se confundiera. Habría que decir, pues, que el episodio no sucedió en casa de Simón el Leproso, sino de Simón el Fariseo (o el piadoso).

Tenemos constancia de la purificación de un leproso en Mc 1,40-45, con los paralelos en Mt 8,1-4 y Lc 5,12-16. Lu­cas añade otra limpieza de diez leprosos, cuyo acento se pone en el agrade­cimiento y la fe. Noso­tros aquí nos centra­mos en el relato de Marcos.

Jesús se había levantado muy temprano y se había reti­rado, solo, a orar. Los discípulos fueron en su busca. Lo encontraron y le dijeron que todos andaban buscándole. Él se limitó a contestar que necesitaba ir a otras partes. Pre­dicaba en las sinagogas por toda la Galilea (Mc 1,39). En aquellas circunstancias se le acer­có un leproso suplicándo­le: «Si quieres, puedes limpiarme» (Mc 1,40).

Jesús se conmueve, siente lástima. Toca al lepro­so. Hace algo totalmente prohi­bido y rompe los esquemas. No sólo no queda impuro por tocar a un leproso, sino que le transmi­te la dignidad personal. La lepra debió perma­necer, pero quedaba patente que aquel leproso, repre­sentante de todos los leprosos, marginados, no había sido desvincula­do del corazón de Dios, aunque los hom­bres lo marginaran.

Jesús empujó fuera al leproso (v.43). No se trata de un em­pujón físico, sino de forzarlo a que se desem­baraza­ra de las ata­duras que los dirigentes le habían puesto. De hecho, Jesús no solía entrar en los pueblos (v.45), signo de no querer formar parte de quienes esclavizaban. Queda claro que los leprosos no eran impu­ros, sino enfermos que necesitaban cui­dado y amor.