© León Deneb

 

JUNTO A UNAS ROSAS MALTRATADAS

      

 

 

Un día comprendí que, sin apenas darme cuenta, era realidad en mi alma aquella greguería: «Las olas esculpen en las rocas calaveras de gigantes.» Fue todo como un sueño. Al despertar, preferí seguir dormido. Había caminado mucho, pero en dirección equivocada. En mi descargo he de decir que confié ciegamente en quienes habían sido la brújula de mis pasos. En descargo de ellos he de decir que también ellos sufrieron lo mismo que yo. Tan sólo una diferencia: ellos siguieron dormidos.

Desde hace algún tiempo, y con la certeza de que «el cariño del alma es mejor depositarlo en el humilde aspecto de mi lápiz que en la sobrecogedora indiferencia de las estrellas», sólo Dante aparece en mis sueños. Su infierno, su purgatorio y su cielo se entremezclan confundiéndose.

— «Te conviene emprender distinto viaje...» —me repite constantemente.

— ¿Adónde? —le suplico.

— «Al lugar en donde al sol no se le oye» —me dice sin que yo entienda.

Y, por no entender, le respondo con sus mismas palabras:

— «Si a este viaje me abandono y voy, temo que loca sea mi salida.»    

Al final, se despide de mí diciendo:

— «¿Cocear contra el hado en algo ayuda?»

He tenido que decidirme: o seguir el camino que me ha llevado a la locura conocida, o emprender un viaje distinto que puede conducirme hasta otra locura desconocida. No moverme significaría enmohecer toda esperanza. Desembarazarme de todo y seguir solo hacia horizontes casi inalcanzables significaría desgastarme. Pero consumirse así es una inmolación aceptada libremente. Nada de logros, metas, éxitos, fracasos. Caminar, caminar, caminar, sentirme vivo en los sueños, en la soledad, en los recovecos de la realidad siempre silenciosa, aturdidora, esquiva, sola. Sí, sí. «Dar la espalda a todo y empezar de nuevo», sin más trabas que mis limitaciones, lanzando al vacío el lastre que aligere mis pasos. Sí, debo emprender distinto viaje.

Iré sólo con un silencioso compañero de viaje. Lo busqué afanosamente. Al final lo encontré, «retirado en la paz de los desiertos, con pocos, pero doctos libros juntos, viviendo en conversación con los difuntos y escuchando con sus ojos a los muertos. Si no siempre entendidos, siempre abiertos, o enmendaban o fecundaban sus asuntos, y en músicos callados contrapuntos al sueño de la vida le hablaban despiertos.» Cuando lo divisé de lejos, estaba sentado junto a unas rosas  maltratadas. En su mano tenía una rama. Me acerqué.

—Te estaba esperando.

—¿Cómo sabéis que os buscaba?

—Yo lo sé todo de ti. Seré tu compañero de viaje.

—Decidme: ¿Qué hacen esas rosas maltratadas?

 —Mira, hijo. «Yo tronché una ramita de un endrino y el tronco me gritó: ¿Por qué me hieres?» No soporté tan sencilla verdad. Y con la rama empecé a golpear a las rosas, pues no llego a comprender por qué ellas cantan mejor a la belleza que yo.

—¿Qué edad tenéis, señor?

—Si vamos a viajar juntos será mejor que no cargues tus conocimientos con cosas de poca monta. Saber mi edad puede contentar tu curiosidad, pero de nada te servirá. Quien pregunta la edad a los demás está pendiente de la apariencia, que es cómplice nefasto de la verdad ansiada. Si tu aspiración es llegar a mi edad, será mejor que regreses a tu punto de partida, si sabes cuál es. Pues los muchos años, hijo mío, y permíteme que te llame así, no son ni una bendición ni una maldición, simplemente están ahí como testigos de lo poco o mucho que se ha ido almacenando en las cacimbas de tu espíritu. Ya lo has visto. Acabo de maltratar a las rosas. ¿Sabes por qué? Por nostalgia, por pura nostalgia. Y no por lo vivido en mis ya muchos años, sino por lo aún no alcanzado, ya que ni la muerte ayuda a conseguir metas, ni a unir distancias, ni a clarificar ideas. Las metas, las distancias, las ideas, los logros, las aspiraciones, las risas y los llantos son simples interrupciones de la callada sinfonía de los espíritus atentos.

Yo, hijo mío, te estaba esperando para ser tu compañero de viaje. Nos necesitamos. Pero yo no puedo inventarte ni tú debes inventarme a mí. Si me inventas como alguien a quien imitar, podrías herir mi orgullo creyéndome perfecto. Si te invento a ti como alguien a quien enseñar, podría herir tu conciencia y tú creerte inútil. No nos inventemos, pues estaríamos siempre mirándonos en vez de dirigir nuestras miradas en la misma dirección.

¿Has visto las rosas? Aquí las he dejado con sus pestañas cerradas indicando su horizonte final. De nosotros no quedará nada. Al menos de ellas nos queda el nombre.

—Tengo la sensación de ir apesadumbrándome, pero vuestra presencia lo es todo en mi soledad. Saberme unido a vos aligerará mi camino. ¿Cómo debemos llamarnos?

—Ya te he dicho que te estaba esperando desde hace mucho tiempo. Yo esperaba, pero tú no te decidías a venir a mi encuentro. Tu soledad es tu misma compañía; nadie acompaña la soledad. La soledad del alma no se comparte; es indivisible. Se nace solo, se muere solo. Todo lo importante se hace solo. Los demás son espectadores sobre los que nos volcamos de muchas formas configurando un grito. Yo he visto los gritos del silencio. Puedo asegurarte que son desgarradores. Ensordecen el alma. He visto los gritos de la adulación. Me provocan indiferencia. Crees que mi presencia hará más ligero tu camino y más entretenido tu viaje. No te engañes. Tus pasos de nada servirían si tu viaje no fuera distinto a todos los que has realizado. Yo estaré tan unido a ti que no habrá necesidad de tener un nombre para llamarnos. Abrirás los ojos y me verás. Antes de que pronuncies una palabra, me habré adelantado a su significado. Antes de que me llames, te habré respondido. No tendrás necesidad de hacer preguntas ya que tú mismo te convertirás en tu camino y tu viaje, si estás decidido a emprenderlo.

He visto a muchos hombres orar con seriedad y convicción aparente a un Dios lejano, pero seguros de que les escuchaba muy cercano. Estos mismos hombres pecaban contra el mismo Dios, pero seguros también de que, por lejano, ni los veía ni les prestaba atención. Este comportamiento define al hombre en casi todas sus facetas. Tú aprenderás a buscar en tu interior, pues nada externo lo supera. Dentro de ti está todo. No necesitarás defenderte; nada podrá contra ti. No necesitarás justificarte; tus errores te forjarán. Tú, hijo mío, ten presente que, «en la fugacidad de la vida, lo que se pierde de nombre se gana de eternidad.»

Nunca supe si de repente o poco a poco, si por confusión o necesidad, si por lo divino o lo humano, si por lo soñado o lo ya vivido, me sentía persuadido por quien iba a ser mi compañero de viaje. Aunque ya no sabía exactamente si él era mi compañero o yo el suyo, pues empezaba a sentirme pequeño ante una grandeza que no se intuía sino que se contemplaba en cada palabra de quien parecía saberlo todo de mí —él me lo dijo— y que me estaba esperando desde hacía mucho tiempo —él me lo dijo— para emprender distinto viaje. De momento me conformaba con estar callado y en recogimiento a su lado.

Quisiera describir a mi compañero —a partir de ahora lo llamaré EL—, pero, aun cuando haya palabras más que suficientes, no sé cómo configurar su imagen. En su rostro confluyen todas las quietudes; en su mirada, todos los horizontes; en sus manos, todas las ansias cumplidas; en su corazón, todos los nombres. Los quebrados trazos del niño en el papel configuran su silueta perfecta; los pinceles del gran maestro detienen sus movimientos. La majestuosidad del mármol resplandece en su semblante. Su sencillez se iguala a la humildad de una flauta de caña. Su voz es una Calíope tan armoniosa como sus silencios. Su palabra, dardo certero.

He preguntado a la fantasía si ha sido ella la que ha creado para mí tan buen compañero de viaje. Me ha dicho que preguntara al sueño. Éste me ha respondido que acudiera al deseo. Éste se ha inhibido y me ha conducido hasta el alma. Y ella me ha dicho que alejara de mí cálculos y romanas, adormideras y brebajes, pues mientras la fantasía imagina, el sueño borra y el deseo inventa, el alma descubre. Yo acababa de descubrir a quien me estaba esperando desde hacía mucho tiempo junto a unas rosas de pestañas cerradas.

Estaba yo envuelto en mis pensamientos intentando describir la novedad de mi encuentro y de lo encontrado, cuando EL me interrumpió con delicadeza:

— Estás aturdido porque te inquieta el viaje que te has comprometido a emprender. Nadie te ha obligado, sólo tú. Nadie te ha sometido a la obediencia, sólo tú te has exigido la búsqueda. Quien exige obediencia quiere imponer su verdad. Pero una verdad obedecida y no comprendida ata para siempre al hombre a su más fuerte miseria: la caricatura. En tu viaje deberás andar recto pero no enderezado, consciente de que de nada huyes y nada persigues. Simplemente estás ahí. Has delatado el mal que te rodea y el que está dentro de ti. Ha sido tu primer paso, imprescindible, por otra parte, para proseguir. Pero no olvides nunca que repetir remedios invita a pensar que éstos son ineficaces y que el mal sigue ahí. Tu único remedio absoluto debe consistir en dejar que el mal se agote a sí mismo y se desprecie por inútil. Todo lo demás entra en el orden de los enunciados y los dogmas que atienden más a formas que a contenidos.

Tú, hijo mío, no olvides que «el tiempo de la vida humana es un punto; su sustancia, fluyente; su sensación, turbia; la composición del conjunto del cuerpo, fácilmente corruptible; su alma, una peonza; su fortuna, algo difícil de conjeturar; su fama, indescifrable. En pocas palabras: todo lo que pertenece al cuerpo, un río; sueño y vapor, lo que es propio del alma; la vida, guerra y estancia en tierra extraña; la fama póstuma, olvido.»

Si no comprendes la existencia, no podrás acomodarte a ella. Y mucho menos transformarla. Acepta tu existencia, aunque sea sin momentánea comprensión. Si crees comprenderlo todo, haces bien, pues incluso comprendiendo mal haces tu camino. No reproches nunca nada si antes no has sido capaz de lamentar tu ignorancia. Has abierto los ojos, pero ahora, y antes de emprender el viaje, debes limpiarlos para poder ver el significado oculto de todo; de lo contrario, reprocharías a lo que te rodea y a quienes te han precedido ser un descabellado sin sentido.

Debes desembarazarte del miedo a los guardianes de los secretos que no han sabido ni saben más que repetir fórmulas sin haberlas albergado en su corazón. Cuántos ríos —hoy apenas cristalinos—, cuántos bosques —hoy eriales—, cuántos senderos —hoy ocultos—, cuántas piedras —hoy enterradas—, siguen siendo testigos silenciosos de hombres que, como tú, decidieron emprender distinto viaje al lugar en donde al sol no se le oye. Pero hoy las almas perezosas no se detienen en la búsqueda de quienes las han precedido, sino que, aturdidas por tan gran empresa, prefieren negar toda posibilidad de existencia al margen de lo caduco. Tú debes romper esas cadenas. Para hacerlo, no te basta con tener los ojos abiertos, sino que los debes conservar limpios.

Dicho esto, dirigió su mirada a las rosas que había maltratado por no soportar que cantaran mejor a la belleza que él mismo. Y pude observar cómo —mientras ellas mantenían sus pestañas cerradas— EL limpiaba sus ojos con unas lágrimas de plenitud.

Nos quedamos —no sé la aturada— en silencio, pues el tiempo o se detenía o iba muy deprisa, no sabría decirlo —todo me parecía un instante inextinguible—, y el silencio empezaba a ser un lenguaje sublime. «En un rincón, las rosas plácidamente duermen», recordé. Sí. Parecía como si poco a poco —no puede ser de otra forma aunque se pretenda lo contrario— fuera comprendiendo el sentido de gestos como el que mi compañero había tenido con las rosas. ¿Quién es más débil, el que maltrata o el maltratado? La rosa sigue siendo luz contra la que no podrá nunca el olvido.

Quiero emprender un viaje distinto. En mi ligero equipaje no quiero más galas que la abnegación y el deber cumplido, el recogimiento y el silencio, sin otra aspiración que la de ser rosa aunque acabe siendo maltratada por la admiración de lo imposible; y, una vez desnudo, contemplar lo que de mí fue y murió desde la atalaya de la inmortalidad de lo que siempre de mí será.

Yo sé muy bien que  «he naufragado sin tormenta en un mar en el que se puede estar de pie.» Ya siento cómo el silencio ajeno es mi único ruido, pero no mi única voz; y por eso no tiene eco. Un silencio que quiere ser algo, pero que nada llega a ser en mí. Nada es si nada le doy. Entre mi interior y lo externo a mí sólo hay de común la distinta existencia que nunca llegarán a ser nada entre sí. Dos raíles sobre los que se desliza el tren de un necesario desconocimiento. Yo y lo otro, el sueño y lo soñado, el alma y el cuerpo, tan distantes, tan irreales, tan irredentos, corriendo hacia un cielo tan eterno como el azul que no les pertenece.

He de emprender distinto viaje, sí. En mi cabeza —que por momentos ha parecido secarse— resuenan las palabras de un conferenciante —palabras que me obligaron a oír— y que nunca se han separado de mi memoria. [Fernando Pessoa] Dijo:

 

«Fue por culpa de un crepúsculo de vago otoño por lo que partí para ese viaje que nunca hice.

El cielo —imposiblemente me acuerdo— era de un resto cárdeno de oro triste, y la línea agónica de los montes, clara, tenía una aureola cuyos tonos de muerte le penetraban, suavizadores, en la astucia de su contorno. Desde la otra amurada del barco (hacía más frío y era más de noche sobre ese lado del toldo) el océano temblaba hasta donde el horizonte este se entristecía, y donde, poniendo penumbras de noche en la línea líquida y oscura del mar extremo, un hálito de tiniebla flotaba como una niebla en un día de calor.

El mar, me acuerdo, tenía  tonalidades de sombra, de mezcla con fugas onduladas de vaga luz — y era todo misterioso como una idea triste en un momento de alegría, profético no sé de qué.

Yo no partí de un puerto conocido. Ni sé hoy qué puerto era, porque todavía no he estado allí. Tampoco, igualmente, el propósito ritual de mi viaje era ir en demanda de puertos inexistentes —puertos que fuesen tan sólo el entrar hacia puertos; ensenadas olvidadas de ríos, estrechos entre ciudades irreprensiblemente irreales. Pensáis, sin duda, que mis palabras son absurdas. Es que nunca habéis viajado como yo.

¿Partí yo? Yo no os juraría  que partí. Me encontré en otras partes, en otros puertos, pasé por ciudades que no eran aquélla, aunque ni aquélla ni ésas fueran ciudades ningunas. Juraros que fui yo quien partió y no el paisaje, que fui yo quien visitó otras tierras y no ellas las que me visitaron —no puedo hacéroslo. Yo que, no sabiendo lo que es la vida, no sé si soy yo quien vivo o si es ella quien me vive (tenga este verbo al «vivir» el sentido que quiera tener), seguro que no iré a juraros nada.

He viajado. Creo inútil explicaros que no llevé ni meses, ni días, ni otra cantidad cualquiera de cualquier tiempo viajando. Viajé en el tiempo, es cierto, pero no del lado de acá del tiempo, donde lo contamos por horas, días y meses; fue del otro lado del tiempo por donde yo viajé, donde el tiempo no se cuenta con una medida. Transcurre, pero sin que sea posible medirlo. Es como más rápido que el tiempo que hemos visto vivirnos. Me preguntáis a vosotros, seguro, qué sentido tienen estas frases. Nunca erréis así. Despedíos del error de preguntar el sentido a las cosas y a las palabras. Nada tiene un sentido.

¿En qué barco hice ese viaje? En el vapor Cualquiera. Os reís. Yo también, y de vosotros, tal vez. ¿Quién os dice, y a mí, que no escribo símbolos para que los comprendan los dioses?

No importa. Partí por el crepúsculo. Tengo todavía en el oído el ruido férreo de alzar el ancla el vapor. En el soslayo de mi memoria se mueven todavía lentamente, para entrar por fin en su posición de inercia, los brazos del guindaste de a bordo que hacía horas había abrumado a mi vista de continuos cajones y barriles. Éstos rompían súbitos, cogidos alrededor por una cadena, de por cima de la amurada donde tropezaban, arañando, y después, oscilando, se iban dejando empujar, empujar, hasta quedar por cima de la bodega, hacia donde, súbitos, bajaban hasta, con un choque sordo de madera, llegar aplastantemente a un lugar oculto de la bodega. Después sonaban allá abajo al desatarlos; enseguida subía sólo la cadena agitándose en el aire, y volvía a empezar todo, como inútilmente.

¿Para qué os cuento yo esto? Porque es absurdo estar contándooslo, visto que es de mis viajes de lo que dije que hablaría.

He visitado Nuevas Europas, y Constantinoplas otras han acogido a mi llegada velera en Bósforos falsos. ¿De llegada velera os espantáis? Es como lo digo, así mismo. El vapor en que partí llegó hecho un barco de vela al puerto. Que esto es imposible, decís. Por eso me ha sucedido.

Nos llegaron, en otros vapores, noticias de guerras soñadas en Indias imposibles. Y, al oír hablar de esas tierras teníamos inoportunamente añoranzas de la nuestra, dejada tan atrás, quién sabe si en aquel mundo.

Y así me escondo detrás de la puerta, para que la Realidad, cuando entra, no me vea. Me escondo debajo de la mesa, donde súbitamente le pego sustos a la Posibilidad. De modo que me despego de mí como a los dos brazos de un abrazo, los dos grandes tedios que me aprietan —el tedio de poder vivir sólo lo Real, el tedio de poder concebir sólo lo Posible.

Triunfo así de toda realidad. ¿Castillos de arena, mis triunfos? ¿De qué cosa esencialmente divina son los castillos que son de arena? ¿Cómo sabéis que viajando así no me he seguido oscuramente?

Infantil de absurdo, revivo mi niñez, y juego con las ideas de las cosas como con soldados de plomo, con los cuales, de niño, hacía cosas que se anticipaban con la idea de soldado. Ebrio de errores, me pierdo por unos momentos de sentirme vivir.»

 

Realidad/Posibilidad, Posibilidad/Realidad …; así se me iban anudando en la mente todos aquellos conceptos que me resultarían amigos unas veces, enemigos otras, pero que me aletargaron en el querer vivir sin saber hacerlo, en el querer buscar sin conocer exactamente qué, en el querer ser correspondido sin calibrar la medida exacta de mi entrega. Desconocía mi existencia sencillamente por no tener eco ninguno de mis pensamientos, ninguna de mis decisiones.

Aquel conferenciante me sedujo, supongo que tímidamente, aunque siempre he dudado de una seducción tímida. No quería hacer caso a unas palabras, sino a alguien; dilema extravagante. Mi vida no pasaba de ser una total inconsecuencia como si me hubiera anclado en un anacoluto gramatical. ¿Acaso hay palabras sin alguien? ¿Y alguien sin palabras? Sí. Toda palabra no escuchada mata a su alguien; todo alguien no aceptado disuelve sus palabras.  El conferenciante me lo dijo acertando una vez más:  «Tú no amas lo que digo con los oídos con que yo me oigo decirlo. Yo mismo, si me oigo hablar alto, los oídos con que me oigo hablar alto no me escuchan del mismo modo que el oído íntimo con que me oigo pensar palabras. Si me equivoco, oyéndome, y tengo que preguntarme tantas veces a mí mismo lo que he querido decir, ¡cuánto me entenderán los demás!

De qué complejas ininteligencias no está hecha la comprensión que los demás tienen de nosotros. La delicia de verse comprendido no puede tenerla quien se quiere no comprendido, porque sólo a los complejos e incomprendidos les sucede esto; y los otros, los sencillos, aquellos a quienes los demás pueden comprender, esos nunca sienten el deseo de ser comprendidos.»

Sí. Mi vida había consistido en estar ahí, pero sin sentir; más aún, sin querer sentir o sin saber hacerlo. En cambio —y a pesar de todo o precisamente por todo—, mi cuerpo, mi alma, todo mi ser parecía Comala de Pedro Páramo, un pueblo lleno de ecos, encerrados en el hueco de las paredes o debajo de las piedras. Pueblo mísero, pero pueblo capaz de sentir los días y las noches; pueblo aparentemente muerto y realmente vivo, con otra vida distinta a la de todos aquellos que no esperan a cambio más que la engañosa apariencia del fraude que se hacen a sí mismos.

Decidido a emprender distinto viaje, sólo me faltaba tener un conocimiento exacto de lo que pretendía: si decirme algo a mí mismo o decirlo a los demás. Cuando comprendí que era a mí mismo a quien primero tenía que hablar y persuadir —vencer y convencer no son palabras dignas de crédito—, cerré los ojos y me lancé al abandono de todo lo que fui para encaminarme al lugar en donde al sol no se le oye, un lugar distinto que sería el mismo en el que siempre estuve con la sola transformación de mí mismo. ¡Cómo voy comprendiendo a mi compañero de viaje! ¡Cómo voy recogiendo las migajas del sentido de aquellas rosas maltratadas, dignas de todo elogio, y que, en su silencio, recogen el desconsuelo de un corazón que, en su horizonte final, me tiende la mano para que, cuando la cal cante al silencio, yo llore, sí, pero sin olvidar que quedan los nombres!

EL, mi compañero de viaje, guardaba silencio con la mirada depositada en la lejanía, no perdida, sino como la de un boomerang que regresa si hay destreza en el lanzador.

— Hijo mío —me dijo cuando yo no esperaba nada—, debes saber que las leyes del espacio y del tiempo rigen toda la naturaleza; pero hay una parte del hombre que, sin saber por qué, se escapa a todo determinación natural. Posiblemente, la naturaleza ha establecido que siempre quede algo que no pueda ser controlado por ella misma, y esto es también una ley. Para su desgracia, pocos lo han comprendido, pues se han dejado llevar por la manipulación de otros hombres que disfrutan de tan asombroso como deleznable poder. Pero quienes lo han comprendido, viven la auténtica libertad, pudiendo reorientar sus pasos, madurando, no pudriéndose, aferrándose al más grande sueño: la verdad. Todo lo demás es artificio y absurdo, en cuyas mazmorras se consumen los creadores de indiferencias. Sin duda el hombre, antes de dar nombre a todo lo que contemplaba con sus propios ojos, guardaba silencio y lo señalaba con el dedo. Ahora, cuando todo tiene su nombre, el silencio es necesario para saber que, cuando con un dedo, llamado índice, señalamos una cosa, con otros tres nos señalamos a nosotros mismos; y, lamentablemente, con total indiferencia.

Hijo mío, te veo decidido a emprender el viaje. Sé que estás preparado, pero de nada serviría que yo lo supiera y tú no. Aférrate a tus convicciones, pues, de otro modo, el viaje que vamos a emprender podría resultarte insoportable. Y no tengas miedo, ya que empequeñecerías tu grandeza.

Ahora dejemos que el silencio acompañe la lentitud de la noche.

— Maestro, ¿qué hacemos con las rosas?

— Dejémoslas aquí.

— Siento pena por su soledad.

— No estarán solas si a su lado les dejas la máscara que has llevado hasta ahora.

EL cerró los ojos. Yo, sin poder conciliar el sueño, me quedé mirando la soledad de las rosas acompañada por la soledad de la máscara, mientras la pálida luz de la luna alargaba la sombra del tronco de endrino con que EL las había maltratado por la nostalgia y anhelo de querer engendrar en la belleza.

Se levantó una suave brisa, suficiente para dispersar las rosas; mientras ellas se iban, la misma brisa me acercaba su perfume, como si la muerte de lo que fui no pudiera llevárselo todo, dejándome la novedad de un compañero de viaje quien, desde su horizonte final, sabía que toda era distancia, pero, aún así, siempre iban a quedar los nombres.