2. PUNTOS CARDINALES Y DIMENSIONES

 

Aun cuando el hombre considerara que la tierra era el centro del gran círculo del universo, y él mismo se tuviera como el centro de la tierra, el arrinconamiento del sistema ptolemaico que supuso la revolución copernicana por una parte, y los análisis de Darwin y Freud por otra, colocaron a la tierra y al hombre en su lugar: la pequeñez ante la inmensidad.

Antes de darse este «reciente» correctivo, fueron continuos los intentos por aclarar su situación y para orientarse correctamente, haciendo que el hombre se apoyara en una serie de referencias a las que dio nombre y que, puede decirse, son universalmente aceptadas. Estas referencias no sólo han sido definidas, sino también revestidas de símbolos. Son los puntos cardinales que incluyen «realidades simbólicas» como las siguientes:

 

El punto es el centro y el origen del que todo dimana y hacia el que todo converge; por lo tanto, es la referencia de toda manifestación, sin estar sometido a ningún condicionamiento, convirtiéndose en el «lugar» de la armonía y del equilibrio tanto cosmológica como antropológicamente, pues a su alrededor no hay más límite que la perfección del círculo. Así lo han visto culturas tan antiguas como la china y la egipcia, la judía y la tibetana, la hindú y la africana.

El punto, de una forma u otra, está vinculado al agujero. El agujero puede ser visto en relación con la fertilidad/fecundidad (vida biológica) y con la progresión/acceso a la perfección (vida espiritual). Éste es el sentido que tienen las piedras horadadas que, según antiguas culturas, eran imploradas —pasando a través de su agujero— para la fecundidad de la mujer. La perfección espiritual reside en el cielo al que se accede pasando por el agujero, el centro, el Pi (chino). Hay testimonios de algunas etnias que veían en las heridas (agujeros al fin y al cabo) reflejos de la travesía que el «herido» hace desde este mundo al otro. (Véanse los términos aguja/hilo).

 

El centro, podríamos decir, es más un estado que un lugar; en eso se diferencia del punto, pero no parecen distinguirse. Así como el punto es siempre estático, el centro es convulsión permanente por recibir las idas y los retornos de todas las fuerzas positivas y negativas; es la residencia de la energía y el instante inextinguible del tiempo. Algunos lo llaman ombligo/omphalos (véanse estos términos) cuyo cordón umbilical alimenta tanto lo material como lo espiritual. El centro es el destino de lo imaginario, la referencia de la comunicación.

El centro, siempre unido al punto y al círculo, rige muchas realidades simbólicas: el árbol cósmico, algunas construcciones, figuras arquitectónicas y geométricas.

En el centro confluyen todas las fuerzas; del centro dimana todo dinamismo. El centro no siempre es representado físicamente, sino que tiene que ser descubierto espiritualmente. Esto último es bastante común entre los místicos orientales, pero también entre los occidentales, pues el espíritu universal tiene idénticas concreciones.

Resume perfectamente esta idea de centro espiritual lo dicho por Teilhard de Chardin: «A Dios no se llega después de un largo proceso mental; a Dios se llega por un éxtasis». Este «Dios» es el centro, la intersección de todas las dimensiones.

Cuando se representa gráficamente, la mayoría de las veces con triángulos o cruces dentro de círculos, el centro suele ser identificado por una piedra preciosa. [Véase Mircea Eliade, Imágenes y símbolos, Taurus, Madrid 1999, en especial pp. 29-61.]

 

El eje permite el control de toda revolución que se da en los mundos celeste, terrestre y subterráneo (oculto). Fundamentalmente, vincula cielo/tierra, positivo/negativo, masculino/femenino. No existe sin referencia al centro. Al eje se le asocia todo movimiento astrológico, terreno, mecánico, espiritual. El eje contiene el simbolismo de la columna y del pilar, sostén y cimiento de toda arquitectura física o espiritual.

 

La altura, lejos de significar un lugar lejano difícil de alcanzar, es, desde el punto de vista simbólico, la aspiración máxima de toda actividad espiritual. Nada tiene que ver con lo que significa llegar a lo alto, a lo máximo, como cargo o escalafón dentro de un orden jerárquico. La altura no es el culmen de una ambición ciega o de una pretensión legítima, sino el objetivo de todo espíritu inquieto en su evolución y progreso. Es lo que suelen definir los místicos diciendo: «No hay mayor altura que la propia interioridad».

Íntimamente relacionado con la altura está el ascenso. No nos referimos a la subida del cuerpo, sino a la elevación del alma. El ascenso no es el del cuerpo, sino el del espíritu. Sube el alma para descubrir su imagen original, dicen los platónicos; eleva el hombre los brazos intentando dar impulso a su voz suplicante para que de lo alto le llegue el alimento espiritual del consuelo; anhela el alma las alas del vuelo para conseguir la quietud que no descubre por la pesadez del cuerpo. El ascenso, como símbolo, jamás podrá renunciar a su aspecto sagrado; de hacerlo, el hombre no levantaría ni los pies del suelo. [Lo contrario a lo dicho es el descenso.]

 

El cenit (cumbre) es el final de todo ascenso. Lo podemos llamar cumbre pero siempre que le demos el sentido de lo último, sin posibilidad de alcanzar otra altura. En la simbología, es lo más alto a lo que puede llegar el hombre visto como alma, espíritu, mente. Es la perfección suma, la aspiración máxima. La religiosidad ha estado marcada por los pasos dados por sabios y maestros dignos de crédito. Así como desde el punto de vista astronómico resulta difícil, salvo imaginariamente, comprehender el punto final (cenit) de una vertical en el espacio, desde el punto de vista espiritual el alma rompe el tiempo y el espacio; algo que los místicos han definido como la muerte dadora de vida o la plenitud humana. La dimensión vertical de esta espiritualización va unida a la dimensión horizontal y se define diciendo: «A lo divino por lo humano, a la eternidad por el tiempo, a lo infinito por lo finito». En la Biblia se dice: Por lo visible a lo invisible (Rom 1,20; Col 1,15).

[Lo contrario a lo dicho es el nadir o abismo.]

 

Los puntos cardinales son direcciones que se mueven alrededor del punto, del centro, del eje y del cenit. Representan las referencias de la armonía del cosmos. No obstante, hay que hacer una observación importante para entender adecuadamente el simbolismo que encierran los puntos cardinales: El simbolismo está condicionado por la situación. Por ejemplo, si para los primeros cristianos la luz está en ellos (Este/Oriente), la tiniebla está en el Oeste/Occidente. [Entonces se referían al Oeste/Occidente como la «pagana» Roma. No debe olvidarse nunca que si un cristiano se pasa a otra religión es un renegado; pero si el de otra religión se pasa al cristianismo, es un convertido. Este principio vale para todas las religiones y pueblos, con lo cual el simbolismo de los puntos cardinales tiene las variaciones propias de su situación particular.]

Los cuatro puntos cardinales, además de ser la referencia de toda dirección, señalan al mundo entero, como si éste estuviera dividido en cuatro partes, cada una de ellas habitada por seres imaginarios; al tiempo que se le atribuye alguno de los elementos primordiales.

Recorriendo los múltiples mitos de la creación, podemos observar unas constantes. La tierra está asociada a huesos y carne: el creador la tomó del Norte; el agua, a la sangre: la tomó del Oeste; el aire, al corazón: viene del Este; el fuego, a la temperatura del cuerpo: procede del Sur.

Todas las cosmogonías colocan océanos y continentes, razas y pueblos, según su óptica particular. Es bastante común observar cómo una gran montaña emerge de lo profundo y desde la mayor altura se deslizan, por las cuatro laderas, colores distintos y formas de seres humanos que se distinguen por su rostro, bien sea redondo, ovalado, cuadrado o cónico. Al mundo budista y chino le resulta familiar esta legendaria visión. La cosmogonía dogón, posiblemente una de las más representativas de toda la cultura africana y que con gusto he leído en los libros de Marcel Griaule, sitúa en cada parte del mundo el origen de los seres creados. Así, del Norte vienen los hombres y los peces; del Sur, los animales domésticos; del Este, los pájaros; del Oeste, los vegetales.

Los cuatro puntos cardinales están unidos por dos ejes que representan el origen (vital) y el destino (final): Sur/Norte; el renacimiento o retorno a un nuevo comienzo: Oeste/Este. Todas las fuerzas terrestres y celestes están ocultas pero se manifiestan constantemente cayendo sobre la tierra en una armonía que contribuye a que los ciclos se perpetúen.

Desde siempre, el hombre ha querido eternizar los espíritus cuando abandonaban el cuerpo, y lo ha hecho situándolos en lugares que ha llamado sagrados, o en la inmensidad del espacio. Allí, en el Este, están los espíritus buenos gozando del merecido paraíso; en el Oeste, los malos esperando su castigo. Una vez más, el hombre acude a la inmensidad para encontrar puertas de salida a su pequeñez. No son el consuelo a su angustia; sí, quizás, la respuesta a su esperanza.

 

© León Deneb