1.     FENÓMENOS GEOLÓGICOS

 

 

Polvo/barro/arena

 

El polvo, inseparable de la tierra, es, al igual que la ceniza, símbolo de la nada. Ha sido comparado con el polen, tal vez por su forma, pero no tiene su simbolismo. Nada nace del polvo; puede, tal vez, nacer de entre él, pero el polvo es muerte y silencio: símbolo del olvido.

Sacudirse el polvo de las sandalias es promesa de no volver a pisar el lugar que se abandona. Los cristianos —cuyo a veces triste rostro está marcado por una incomprensible débil esperanza— celebran, el miércoles de ceniza previo a la cuaresma y antesala de la Pascua, un rito litúrgico en el que se impone ceniza/polvo sobre la cabeza del fiel con la fórmula: «Acuérdate, hombre, de que vienes del polvo y al polvo volverás». El polvo: símbolo de la nada y del olvido. Quizás algún día se cambie la fórmula litúrgica por esta otra: «Recuerda, hombre, que vienes de Dios y a Dios volverás» para que entonces sea más grande la alegría, no tan débil la esperanza y, por supuesto, más creíble el mensaje.

En el mundo de los sueños, el polvo es símbolo de la voluntad: activa si aparece en el camino, o débil si en casa, o redrojo si cubre seres humanos.

 

El barro, en cambio, mezcla de agua y polvo, es símbolo creador. La fuerza vital del agua pasa al polvo formando el barro/lodo/arcilla con que el alfarero moldea la belleza. A veces puede verse el barro como una degeneración del agua, pero esta visión es propia de ojos de corto alcance, si bien sirve para configurar un mundo bajo. ¿Es éste el sentido de «estar enfangado»? Sin embargo, a veces, en la tierra todo parece ser un inmenso barro y lodazal repleto de vida y sostén: símbolo cósmico.

En el mundo de los sueños, el barro es indicio de un espíritu mezquino y sucio. No obstante, también puede ser señal de robustez cuando sirve para construir; en ese sentido, el barro habla del hombre que se esfuerza por crecer interiormente.

 

La arena es símbolo de la multitud, de la multiplicación, de la abundancia. Suele ser usada como imagen de lo innumerable. ¿Quién no ha caminado sobre la arena sintiendo una agradable sensación? Pues esta sensación es vista por algunos psicoanalistas como una regresión al vientre materno. ¿Será esta teoría un castillo de arena?

En el mundo de los sueños, la arena aparece delatando un espíritu disoluto donde el progreso es apariencia y la acción culpa.

 

Desierto

 

El desierto es el lienzo de los espejismos. Más que no haber nada, en el desierto no hay nadie, salvo aquellos seres que, misteriosamente, adaptaron sus formas y su vida. Nada hay más hospitalario que el desierto, pues los hombres, cuando se encuentran en él, se miran a los ojos y comparten retazos de sus vidas. El desierto es símbolo de la esterilidad, aunque sólo en apariencia o superficialmente: es desconocido. ¿Qué esconde? Su silencio va unido a la más excelsa de las bellezas cósmicas; su indiferenciada inmensidad impulsa a mirar al cielo para que las estrellas orienten.

El simbolismo del desierto no brota como un espejismo, sino como la espiritual referencia de lo oculto. El desierto, más que un lugar, es un estado del hombre. Agar e Ismael fueron rescatados de la muerte segura por el inesperado soplo divino. El éxodo de Israel acabó en la tierra prometida. Las tentaciones del Nazareno se consumaron con la misión cumplida. El ideal de los eremitas (de eremo, desierto) culminó con la confesión «Tú Dios, no yo; Tú todo, yo nada; Tú  siempre, yo nunca»: descubrimiento de la interioridad como reflejo perfecto de Aquél que todo lo hizo. Para entender el desierto espiritual como lugar de vida es necesaria la muerte a lo insignificante. «¿Por qué tengo miedo a adentrarme en el desierto? —preguntó un joven a un anciano—. Porque todavía vives —respondió.»

El desierto es la confusión aparente del hombre para el Islam; la unidad sin diferencia en los Upanishad; un espejismo que derrumba al débil; símbolo de la más radical transformación para los místicos; cuna de falsos profetas y mesías; escuela de auténticos maestros.

El desierto, como símbolo, de ser un lugar pasa a convertirse en el estado interior del hombre en el que se produce la más radical conversión. Quien no presta atención a este aspecto primordial, se entrega a la apariencia y a lo superficial, a la fantasía y a la ensoñación: al espejismo. Pero quien siente que respira porque sabe que otro le da el aliento; quien, solitario, siente la compañía de lo Absoluto; quien, en la esterilidad descubre la fecundidad del alma, ése ha hecho de desierto un vergel; del peñasco, una fuente. Todo lo demás es materia, no espíritu ni, por supuesto, símbolo. Cualquier otra palabra sólo sirve para predicar en el desierto.

En el mundo de los sueños, el desierto es el reflejo de la soledad e incapacidad del hombre. A mi entender, porque aún no se ha examinado a fondo.

 

Isla

 

Una isla, punto en la inmensidad, siempre resultó un lugar lejano al que sólo se podía acceder cruzando el mar o el cielo, para lo cual se necesitaba a Argos o a Ícaro. Pero nadie impedía llegar hasta ella con la velocidad del pensamiento que, al no poder recordar por no haber estado nunca allí, cedía el paso a la imaginación. Curiosamente, el hombre consideró la isla como un lugar en el que la belleza se emborrachaba, los placeres nunca eran vulgares, los alimentos reposaban sobre bandejas de oro; donde todo era hermosura y bondad, premio para los elegidos.

La felicidad reina en las Islas Afortunadas, Aquiles es llevado por Tetis a la Isla Blanca del Danubio, Isla Divina es Irlanda para los celtas, Isla Blanca (Albión) llaman los druidas bretones a lo que sería Gran Bretaña, pacífica e inmune a cualquier dolor es la Isla Monsalvat para los del Grial, bella y única la Isla Formosa del Oriente para los chinos, blanca la Tula y blanca la Atlántida, paraíso terrenal es Ceilán para el Islam, repleta de misterios sagrados es Minos, la isla en la que nació el todopoderoso Zeus, sobre la Isla de los Bienaventurados reina Apolo, Sancho Panza lo hace sobre la Insula Barataria, Robinson Crusoe en solitario posee su isla Juan Fernández en la desembocadura del Orinoco, simplemente del tesoro es la isla de Stevenson, llena de amor con rosas mil y ninfas mil y palacios mil es la isla reservada a los guerreros del Os Lusíadas de Camoens, aunque casi todo apariencia es la Citera (Cérigo) de Baudelaire en Las Flores del Mal; entre otras muchas islas, aquellas que le hacen decir a Rubén Darío: «Plinio llama balearicas, funda belicosas, a estas islas hermanas de las islas pitiusas. Yo sé que, coronadas de pámpanos y rosas, aquí danzaron, ha un tiempo, ante el mar las musas.»

La isla es, en la imaginación, símbolo de la espiritualidad absoluta, el centro primordial vishnú, el final de todo camino iniciático, lugar de paz y soledad, refugio para la náufraga conciencia aturdida como la isla Ogigia en la que la ninfa Calipso refugió al náufrago Ulises.

A veces, es símbolo del exilio y del aislamiento, de la soledad y de la muerte. Aquí habría que distinguir entre exilio (y sus sentidos figurados de aislamiento, soledad y muerte) impuesto y exilio voluntario. Los clásicos diferenciaban el aspecto positivo (así los cínicos y los estoicos) y el negativo (así Ovidio) del exilio. A este propósito, es aleccionador consultar El sol de los desterrados: literatura y exilio, de Claudio Guillén, en Múltiples moradas (Tusquets Editores, Marginales 170, Barcelona 1998, pp. 29-97).

En el mundo de los sueños, la isla aparece delatando los imposibles que el hombre intenta alcanzar. Símbolo negativo, soledad estridente/no sonora, la isla es, en sueños, no un lugar paradisíaco, sino el eterno propósito por llegar al inaccesible horizonte.

Posiblemente, una isla represente un final para el gran marco de la aventura en la que el hombre vuela con alas de ingenuidad hasta lo desconocido y que, en su fantasía, no pasa de ser una frágil ensoñación. Tal vez —como en tantas cosas—, las certeras palabras del Quijote sean la mejor definición de la isla como símbolo de un final: «Voló a lo alto sin alas; bajó a lo profundo sin su voluntad; pero acabó siendo señor de sí mismo, que es el mejor dominio que pueda soñarse.»

 

Montaña

 

La montaña es la hija preferida de la Madre Tierra. Así lo han entendido desde tiempos inmemoriales todos los pueblos, dirigiendo su religiosidad a la altura que une cielo y tierra en el encuentro de los sagrados misterios.

La montaña, al igual que el monte o la colina, es el ojo de la altura y del ascenso, el eje en torno al que gira la rueda de todo círculo vital e iniciático, el centro que se irradia hasta el horizonte de la perfección, la escalera de la fidelidad y obediencia a lo sagrado, el cenit de la evolución cósmica y humana. [Véase el hermoso y preciso estudio de Hans Urs von Balthasar, La escalera de la obediencia, en: Herrlichkeit. Eine Theologische Ästhetik, III, 2 Theologie, 1 Alter Bund, Johannes Verlag, Einsiedeln 1967, pp. 196-275.]

Admirada, la montaña era el lugar en el que habitaba la divinidad: centro. Yahvé lo hacía en el Sinaí para los hebreos, como Shiva en el Kailasa para los hindúes. Sagrado es el Potala tibetano, el Fujiyama japonés, el Alborj persa para el Islam y su sagrado Qaf, el dorado Meru con siete caras para los hindúes o el Kuen Luen para los chinos (símbolo asimismo del Emperador), el Haraberezaiti iraní o el Himingbjör germánico. Habitáculo de inmortalidad es el Carmelo para Elías o San Juan de la Cruz, venerado el acuchillado Montserrat catalán (sin olvidar su Monte de Júpiter –Montjuich— o el Tibidado de la tentación). Se levantan como lugares de revelación el Tabor de la transfiguración, el de los Olivos del abandono, el Gólgota de la consumación, el anónimo de las Bienaventuranzas o el del adiós de la Ascensión, el Sión celeste o el Garizín samaritano. Los griegos pusieron a sus dioses en el blanco Olimpo, y un sinfín de montes llevan nombres de héroes como el Parnaso, el Citerón, el Pangeo. Los romanos veneraban especialmente el Quirinal. Para los del Grial, su Montsalvat, al que nadie podía acercarse y que era tanto una montaña como una isla difícil de encontrar: símbolo de la perfección espiritual.

Tanto llenaba el alma de aquellos hombres la montaña, que muchos quisieron imitar la naturaleza construyendo montañas sagradas, alturas divinas, ascensos sobrenaturales. De esto hablan el zigurat mesopotámico, el stupa hindú, la pirámide egipcia, el teocali amerindio, la basílica ortodoxa o la catedral católica.

A una montaña se retiraban los héroes «muertos» mientras los demás esperaban su regreso inmortal; y los alquimistas situaban dentro de una montaña su piedra filosofal. La época medieval, repleta de supersticiones, consideró que los dioses no eran más que demonios, moradores miserables de cuevas y cavernas en las montañas. ¿Qué es sino un antro de negros y macabros espíritus la montaña de Brocken —a la que se retiraron Mefistófeles y Fausto en la noche de Walpurgis—, inspiradora y cuna de los más monstruosos bestiarios? En África, para la mayoría de sus ancestrales pobladores la montaña está llena de misterios, poblada de seres fabulosos; es temida por desconocida, es sagrada por si acaso; y, en su último hálito, el alma va allí como a su definitiva morada.

La montaña es símbolo del progreso espiritual que culmina en la cima de la perfección; símbolo de la iniciación que acaba en la cumbre de la sabiduría; símbolo de la ascensión humana que tiene por cenit la madurez; símbolo de lo sagrado que se consuma en el templo espiritual de la adoración; símbolo de la vida que se cierra con la copa del umbroso árbol del mundo.

En el mundo de los sueños, la montaña aparece como apertura de grandes horizontes, indicio de la autosuperación; si la montaña es negra, simboliza el ideal que se derrumba, a veces el egoísmo y, casi siempre, las arrugas que produce en el alma la renuncia a la altura de miras. Suele ser preludio de obstáculos y dificultades.

El simbolismo de la montaña va unido a la grandeza, pero también a los ídolos. Habla del hombre espiritual en su ascenso a las mejores moradas. Repleta de misterios, allí ha depositado el hombre sus dioses y sus demonios; y ha tallado, con marcas de fantasía, las imágenes del asombro. Posiblemente, tiene razón el místico poeta al decir que necesita el amor como una montaña en cuya altura se respira mejor. Pero también, visto de cerca su simbolismo, a nadie puede extrañar que, tanto para el hombre de antes como para el de hoy, cuando llega a la cima de su peregrinar y contempla la belleza de la inmensidad y los horizontes de la grandeza, al verse pequeño e insignificante comprenda su confesión: «Haz de mi alma tu lecho divino».

Lo mismo cabe decir del volcán, si bien añadiendo el aspecto de la terrible ira divina y de la naturaleza, así como la fuerza de la Madre Tierra. Fuego destructor: mal. Acceso a los infiernos: descenso. Cuando está en erupción, los dioses retornan a la luz. El volcán: símbolo de la ciega y momentánea pasión.

 

Fuente

 

La fuente, el manantial, origen puro del regato y del arroyuelo, del afluente y del río, del mar/océano. No es inmortal porque no es la misma, sino siempre nueva, regeneradora. Escondida y misteriosa, tan secreta como necesaria. Las fuentes vivas, hijas de Océano y Tetis, protegidas por ninfas y genios, lugar de Musas y de Apolo. La fuente pura alimenta a Memoria, mientras que otra, oscura, alimenta a Leteo, el río del olvido.

Para el pueblo hebreo, las fuentes eran símbolo de vida: purificaban y regeneraban; el cristiano no se separó de ese simbolismo, y en los atrios de las iglesias puso fuentes, luego pequeños recipientes y la fuente (pila) bautismal. El arte, desde el paleocristiano hasta el barroco pasando por el románico y el gótico, da testimonio de ello. Para el Islam, las fuentes hablan del paraíso como si fuera el lugar de la eterna juventud; símbolos de maternidad para los maya; divinidades llenas de bien para los galos; alimento de los héroes para los griegos. La fuente es sacralizada, recipiente de gracia, alimento de sabiduría. Oculta, a veces protegida por monstruos y seres terribles que dificultan el acceso a los escasamente preparados.

En el mundo de los sueños, la fuente de agua pura aparece como alimento de la perfección ansiada; la fuente de agua turbia habla del mezquino y tenebroso subconsciente. La fuente es el manantial de lo inmenso, siempre que éste sea la regeneradora gracia o la sublime sabiduría. Todo lo demás es olvido, y ya no puede ser símbolo.

 

Río, cascada, catarata

 

Decir río es decir vida. Casi todas las grandes culturas —desgraciadamente desaparecidas más que evolucionadas— nacieron y se consolidaron junto a ríos. La China tenía el Huang-Ho primordial (y sus más de tres mil ríos); la egipcia, el Nilo; la mesopotámica (tierra entre ríos), el Tigris y el Eufrates que, junto al Gión y el Pisón eran los cuatro ríos del Edén. El arte los ha representado con figuras humanas, generalmente ancianos con rostro bondadoso.

Sin embargo, los ríos del Infierno son de agua muy fría y desembocan en el oscuro Hades. Éstige es el más antiguo, lleno de juramentos, horrores y castigos; Leteo riega el olvido; Flegetonte, el de las llamas, se une a Cocito, el de los lamentos, para desembocar ambos en Aqueronte, el de los dolores.

Los ríos son seres vivos. Sagrado es el Ganges hindú cuyas aguas brotan de la cabellera de Shiva; personal el Jordán palestino; cósmico el Tíber italiano o el Boond irlandés; sentimental el Sena francés y universal el Amazonas.

Los ríos son la vida misma con sus cascadas y cataratas: fluir y perecer sin parecerlo, con su natural estructura y forma. Descenso continuo sin posible diferenciación como fuerza y energía que facilita el ascenso al origen. Asombroso correr, alimento de las riberas.

Símbolo de la regeneración de todo espíritu que se acerca a él, el río sigue su curso y no se detiene. Su fuerza es inconmensurable; sus cascadas, asombrosas; sus cataratas, tan estáticas como dinámicas; su imagen, la de la fugacidad de la vida.

Recientemente, han sido descubiertas las cataratas del Tsangpo en el Himalaya. De ellas sólo se tenían referencias literarias, por lo cual muchos exploradores creyeron que la existencia de dichas cataratas era una invención. Ahora se sabe que la imaginación no llega al sentido oculto de lo sagrado. De hecho, la tribu monpa que, desde tiempos inmemoriales, ha vivido junto al río Tsangpo y sabía cómo acceder a las cataratas, siempre guardó silencio, pues las cataratas eran el gran refugio de sus dioses y de su religiosidad. Ahora, el Gran Occidente ya tiene unos buenos reportajes para satisfacer su curiosidad. Pero el Gran Oriente, con su silencio, guardará, con temor a ser robados, los grandes misterios de unos símbolos que descansaban en el bello rincón himalayo del Tsangpo.

Los ríos aparecen en los sueños como el eterno cambio sin definitiva transformación; son el camino, pero no la ley; guían, no arrastran. Sólo el ingenuo o temerario se precipita en él. El río es como el cuerpo que hace de lecho y ribera para que fluya el agua de la inquieta alma. Así son los ríos de la vida: fugaces; pero su final, el mar, no es el morir, sino el renacer.

     

Mar, olas

 

El mar, la mar. Vida y madre, mirando a Océano, cuyas nietas, las Nereidas, son las olas inquietas y pasivas, siempre girando sobre sí mismas, dejándose mecer más que llevar. Lugar misterioso, profundo, lleno de extraños monstruos vistos sólo por ojos marineros, destrozados por hercúleos brazos, domeñados por intrépidos ulises. También temido por los dioses. Respetado. Aunque la ciencia tenga sus hipótesis sobre el origen del mar, más belleza revisten las leyendas de los marineros, en nada diferentes de las míticas narraciones de los antiguos con sus cosmogonías como la egipcia o la griega, la asiria o la india.

Por su sencillez y síntesis, transcribo una página de A.S. Rappoport, tomada de El mar (título original: Superstitions of Sailors), M.E. Editores, col. Mitos y leyendas, Madrid 1995, el original data del 1928, pp.15-17: «La mar es la hija de los dioses. Hesíodo cuenta que la Tierra dio a luz a Urano, coronado de estrellas, y después a Ponto y junto con Urano nació el insondable océano. En Oceanía existe la creencia de que Tane se casó con Taaroa y dio a luz al mar y al viento; los polinesios, por su parte, dicen que todas las cosas nacen de sus respectivas madres y que el mar también tuvo una. Según otras tradiciones, la mar no es hija de los dioses sino que es en sí misma una divinidad o parte de ella, razón por la cual algunos pueblos rinden tributo y adoración al mar. Macrobio (Saturnales I,xx) dice que el cielo es la cabeza de Serapis y el mar su vientre. En la tradición escandinava el origen del mar se explica de la manera siguiente: Al principio no había ni arena ni mar, sino tan sólo el Guinunga-Gap, el abismo de los abismos; cuando los hijos de Bur mataron al gigante Ymer, depositaron su cuerpo en medio del Guinunga-Gap, y de él surgió la tierra. Su sangre se convirtió en el océano y sus huesos formaron las montañas.

El Mahabharata cuenta así el origen del mar: Agastya había secado el mar y su cuenca permaneció vacía durante varios cientos de años, hasta que, en cierto momento determinado por Brahma, el pío Bhahgirata obtuvo el favor de Shiva y del río celeste Ganga. Este último consintió en derramarse desde el cielo para caer sobre la hermosa cabellera de Shiva y de esta forma el lecho marino volvió a llenarse de agua.

De acuerdo con muchas antiguas tradiciones, el mar contenía el germen de todas las cosas y la tierra, sumergida en el mar, esperaba el momento de que el creador la hiciese surgir de las aguas. En el Kalevala, la virgen Luonnotar bajó de los cielos y se lanzó al mar que la hizo fértil. Habitó entre las olas durante siete siglos; un día sacó una rodilla del agua y un águila se posó allí para depositar sus huevos. A los tres días, Luonnotar volvió a bajar la rodilla y los huevos cayeron al agua; de la parte inferior de éstos se formó la tierra, y de la superior, el cielo; de la clara se formó la Luna; de la yema, el sol.

En Sumatra se cuenta la siguiente leyenda: En los días en los que nada existía excepto el agua, uno de los más importantes dioses sumatros, Batara Gourou, tenía una hija, Orla Boulang, que quería bajar del cielo. Descendió montada en un búho blanco, y su padre, para proporcionarle un suelo firme, envió desde los cielos la montaña Bakarra. A ella se adhirió toda la tierra y la serpiente Nagapagoha la sostenía sobre su cabeza. Una vez el monstruo se hundió en el agua llevando consigo la tierra y haciéndola desaparecer en el mar. Entonces Batara Gourou envió a su hijo, Layand Mandi, para que atara las patas de la serpiente, impidiendo así que la tierra volviera a sumergirse».

Dejando a un lado lo que cualquiera llamaría divagaciones, el mar es símbolo de la vida y sus transformaciones en la que todo proceso pasa de la duda a la certeza. En él hay vida; quien no lo respeta conocerá sus peligros. Para los espirituales es símbolo del corazón necesitado de constante purificación de las pasiones.

El mar, como el Océano, simboliza el mundo de las fuerzas en todas sus modalidades, de la existencia en todas sus posibilidades tanto positivas (constructoras) como negativas (destructoras). Cuna de monstruos y de sirenas cuyas sábanas, hechas de sal, hablan también de la esterilidad.

El mar aparece en sueños como lo que es: un lugar de secretos que el sueño cobija para que el alma descanse. Inconsciente colectivo oscuro y patético como cuando el Cantábrico tiene su día; diáfano y esperanzado como el sosegado Mediterráneo.

El hombre de hoy se ríe de las cosas que los hombres imaginaron del mar que hasta los dioses respetaron. El hombre de mañana se reirá del hombre de hoy cuando imagina los mundos del más allá, cuna de alliens y mutantes, violentos y temibles, destructores y dominadores, verdes y deformes. No cambia el mar, se muere. Como el hombre de todos los tiempos: no cambia, simplemente ignora y muere esperando respuestas a sus preguntas.

   

© León Deneb